Un día decidí que podría cambiar mi rumbo, y pasar por aquellas piedras abruptas que no se me había ocurrido construir para mis pies, cambiar el liviano paso del río por una tormenta rompiendo en rocas al salir del mar.
El tiempo ya no sería soleado, y las nubes me cubrírian. Todo era complicado de ejecutar a mi paso, pero decidiría que yo podía y deseaba que mi camino no fuera fácil.
Así sabría que me había costado mucho llegar a tí, porque era un pesar que merecía la pena, porque estaba dispuesta a tropezar para hallar en tí la plenitud.
Quería recordar que no era simple, que tú merecías mi sacrificio, y que llegaría a tí, a pesar de mi duro camino.
Pero no me dí cuenta, que a pesar de mi esfuerzo tú no lo valorarías, tú no te fijarías, no te darías cuenta, porque para tí yo no era importante, ni mi esfuerzo por cruzar territorios inóspitos, ni mi sentir por llegar a tus labios.
Así pues lo pensé, y me pregunté si valdría la pena, y creo que me dí cuenta que no, que podría poner el mundo del revés y tú pensarías que estaba derecho y correcto en su medida y proporción.
Que podría desecar ríos y mares y tú pensar que eran bonitas llanuras.
Y así me quedé en mi prado confortable, hice mi vida alegre y simple y no me compliqué en mi duro esfuerzo, porque tú nunca sabrías.
